El relato de cuentos es un arte antiguo. Mucho antes de que existieran los lenguajes escritos, se transmitía el Conocimiento en forma de historias. Cada país y cultura tienen un tesoro de leyendas y cuentos populares que narran sobre el principio de los tiempos y el nacimiento de su propia cultura. La mayoría de los líderes religiosos y mundiales han usado el relato de historias para explicar e ilustrar sus enseñanzas.

Todos nosotros somos relatores de cuentos por derecho propio.

Ya sea que estemos relatando un incidente ocurrido a un amigo o explicando algo en detalle a un niño, lo que estamos haciendo de hecho es relatar una historia.

Los cuentos tienen un efecto profundo en todos. Algo relatado en forma de cuento será recordado y atesorado, mientras que la misma información relatada en forma aburrida será olvidada en poco tiempo.

Había una vez un rey que había gobernado su reino con justicia y compasión. Se estaba poniendo viejo y le preocupaba quién ocuparía su lugar. Tenía tres hijos pero todos ellos eran extremadamente indisciplinados y nadie podía hacer nada al respecto.

El rey estaba muy deprimido. Algo había que hacer para asegurar el futuro y el bienestar del país. Consultó a sus ministros: uno le aconsejó al rey que ofreciera una recompensa a cualquiera que enseñara a los príncipes a ser buenos. El rey estuvo encantado con el consejo y pronto los pregoneros recorrieron el reino dando la noticia.

¡Pasaron muchos meses y nadie se acercaba a enseñar a los príncipes, nadie se atrevía! El rey estaba empezando a desesperarse, cuando un día un anciano llegó al palacio. Llevaba una vestimenta simple y hablaba en forma suave y lenta. Se arrodilló frente al rey y dijo: “Su Majestad, puedo ayudarlo con sus hijos. Sin embargo, hay una condición: tienen que venir conmigo al bosque por tres meses”. El rey quedó impresionado por los modales gentiles y francos del hombre y aceptó su condición. Inmediatamente se hicieron los preparativos para que los príncipes partieran con su nuevo maestro.

Unos días después el pequeño grupo salió hacia el bosque. En cuanto traspasaron los terrenos del palacio, el anciano comenzó a relatar cuentos. Los muchachos se portaron mal como de costumbre, subiéndose encima del anciano, empujándolo y burlándose de él.

Impávido, él continuó con su narración. Luego de un tiempo, los muchachos, cansados de sus payasadas, comenzaron a escuchar los relatos.

Permanecieron en el bosque por tres meses. Todos los días el anciano maestro les relataba cuentos, desde la mañana hasta el anochecer.

Cuentos sobre el coraje, el respeto, la responsabilidad, la humildad y muchos otros valores. Gradualmente los príncipes comenzaron a cambiar y se volvieron más serenos y atentos. Llegaron a amar y a respetar a su preceptor, aprendieron a servirlo con humildad y gracia.

Cuando finalizaron los tres meses, el anciano supo que sus jóvenes pupilos estaban listos para regresar al palacio y asumir sus diversas responsabilidades.

El pequeño grupo que regresaba del bosque tenía un aspecto muy distinto de aquel que había partido tres meses atrás. Los príncipes caminaban detrás de su maestro con las cabezas inclinadas en señal de humildad. Saludaron a su padre y a los ministros con el mayor respeto. Todos los que presenciaron este espectáculo quedaron pasmados ante la completa transformación de los muchachos. El rey estaba encantado. Con lágrimas en los ojos ofreció una recompensa al venerable maestro. El anciano sonrió y meneó la cabeza. “He recibido toda la recompensa que necesito”. Diciendo esto se despidió del rey y de los príncipes y regresó al bosque. Esa noche hubo una gran celebración en todo el reino.

En la historia hay muchos ejemplos de grandes hombres y mujeres transformados por los relatos que escucharon. Uno de tales incidentes pertenece a la vida de Mahatma Gandhi. De niño lo llevaron al teatro a ver la obra Harichandra. Es la historia de un rey que era famoso por su adhesión a la verdad. No se desvió de este principio ni cuando se enfrentó con la posibilidad de perder su reino, todas sus posesiones y hasta su propia esposa e hijo. Esta historia afectó tanto a Gandhi, que hizo el voto de vivir en la verdad y sólo en la verdad.

Cuando creció se convirtió en el salvador de la India. Casi sin ayuda condujo a la India a su independencia de lo que era entonces el imperio más poderoso del mundo, mediante su adhesión a la verdad y la no violencia.

Estaba el Buda meditando en la espesura junto a sus discípulos, cuando se acercó un detractor espiritual que lo detestaba y aprovechando el momento de mayor concentración del Buda, lo insultó, lo escupió y le arrojó tierra.

Buda salió del trance al instante y con una sonrisa plácida envolvió con compasión al agresor; sin embargo, los discípulos reaccionaron violentamente, atraparon al hombre y alzando palos y piedras, esperaron la orden del Buda para darle su merecido.

Buda en un instante percibe la totalidad de la situación, y les ordena a los discípulos, que suelten al hombre y se dirige a este con suavidad y convicción diciéndole:
-“Mire lo que usted generó en nosotros, nos expuso como un espejo muestra el verdadero rostro. Desde ahora le pido por favor que venga todos los días, a probar nuestra verdad o nuestra hipocresía. Usted vio que en un instante yo lo llené de amor, pero estos hombres que hace años me siguen por todos lados meditando y orando, demuestran no entender ni vivir el proceso de la unidad y quisieron responder con una agresión similar o mayor a la recibida.
Regrese siempre que desee, usted es mi invitado de honor. Todo insulto suyo será bien recibido, como un estímulo para ver si vibramos alto, o es sólo un engaño de la mente esto de ver la unidad en todo”.

Cuando escucharon esto, tanto los discípulos como el hombre, se retiraron de la presencia del Buda rápidamente, llenos de culpa, cada uno percibiendo la lección de grandeza del maestro y tratando de escapar de su mirada y de la vergüenza interna.

A la mañana siguiente, el agresor, se presentó ante Buda, se arrojó a sus pies y le dijo en forma muy sentida.

-“No pude dormir en toda la noche, la culpa es muy grande, le suplico que me perdone y me acepte junto a Usted”.

Buda con una sonrisa en el rostro, le dijo: “Usted es libre de quedarse con nosotros, ya mismo; pero no puedo perdonarlo”.
El hombre muy compungido, le pidió que por favor lo hiciera, ya que él era el maestro de la compasión, a lo que el Buda respondió:

-“Entiéndame, claramente, para que alguien perdone, debe haber un ego herido; solo el ego herido, la falsa creencia de que uno es la personalidad, ese es quien puede perdonar, después de haber odiado, o resentido, se pasa a un nivel de cierto avance, con una trampa incluida, que es la necesidad de sentirse espiritualmente superior, a aquel que en su bajeza mental nos hirió. Sólo alguien que sigue viendo la dualidad, y se considera a sí mismo muy sabio, perdona, a aquel ignorante que le causó una herida”.

Y continuó: “No es mi caso, yo lo veo como un alma afín, no me siento superior, no siento que me hayas herido, solo tengo amor en mi corazón por usted, no puedo perdonarlo, solo lo amo. Quien ama, ya no necesita perdonar.”

El hombre no pudo disimular una cierta desilusión, ya que las palabras de Buda eran muy profundas para ser captadas por una mente llena todavía de turbulencia y necesidad, y ante esa mirada carente, el Buda añadió con comprensión infinita:

-“Percibo lo que le pasa, vamos a resolverlo: Para perdonar, ya sabemos que necesitamos a alguien dispuesto a perdonar. Vamos a buscar a los discípulos, en su soberbia están todavía llenos de rencor, y les va a gustar mucho que usted les pida perdón. En su ignorancia se van a sentir magnánimos por perdonarlo, poderosos por darle su perdón, y usted también va a estar contento y tranquilo por recibirlo, va a sentir un reaseguro en su ego culposo, y así más o menos todos quedarán contentos y seguiremos meditando en el bosque, como si nada hubiera pasado”.

Y así fue.

Mañana en la mañana abriré tu corazón, le explicaba el cirujano al niño, cortaré una pared de tu corazón para ver el daño completo.
-Pero ¿Cuándo abra mi corazón, encontrará a Jesús ahí?, Interrumpió el niño.
El cirujano se volvió hacia los padres, quienes estaban sentados a la par del niño y prosiguió:
-Cuando haya visto todo el daño allí, planearemos lo que sigue, ya con tu corazón abierto, según los daños que veamos.
Y el niño interrumpió nuevamente: -¿Usted encontrará a Jesús allí?
Al cirujano, (en verdad un poco fastidiado), le pareció que ya era suficiente la explicación, saludó al niño, a sus padres y se fue.
Enseguida se sentó en su oficina, y procedió a grabar sus estudios previos a la cirugía:
-Aorta dañada, vena pulmonar deteriorada, degeneración muscular cardíaca masiva. Sin posibilidades de trasplante, difícilmente curable.
-Terapia: analgésicos y reposo absoluto.
-Pronóstico: tomó una pausa y en tono triste dijo: muerte dentro del primer año. Entonces detuvo la grabadora.
¿Por qué? -pregunto en voz alta-
¿Por qué le hiciste esto a él? Tú lo pusiste aquí, tú lo pusiste en este dolor y lo has sentenciado a una muerte temprana. ¿Por qué?
Y Dios le contestó:
-El niño, mi oveja, ya no pertenecerá a tu rebaño porque él es parte del mío y conmigo estará toda la eternidad. Aquí en el cielo, ya no tendrá ningún dolor, será confortado de una manera inimaginable para ti o para cualquiera.
El cirujano empezó a llorar terriblemente, pero siguió sintiendo más rencor, no entendía las razones y replicó: Tú creaste a este muchacho, y también su corazón. ¿Para qué? ¿Para que muera dentro de unos meses?
El Señor le respondió:
-Porque es tiempo de que regrese a su rebaño, su tarea en la tierra ya la cumplió.
Hace unos años envié una oveja mía con dones de doctor para que ayudara a sus hermanos, pero con tanta ciencia se olvidó, que detrás de cada uno de esos pacientes estaba YO… su Creador.
Así que envié a mi otra oveja, el niño enfermo, no para perderlo, sino para que regresara a mí aquella oveja perdida hace tanto tiempo.
El cirujano lloró y lloró inconsolablemente.
Días después, luego de practicar la cirugía, el doctor se sentó a un
lado de la cama del niño; mientras que sus padres lo hicieron frente al médico.
El niño despertó y murmurando rápidamente preguntó:
-¿Abrió mi corazón?
-Si -dijo el cirujano-
-¿Qué encontró? – preguntó el niño
-Tenías razón, encontré allí a Jesús…

Una mujer recién casada se mudó a Mumbai para vivir con su marido en un departamento de dos habitaciones en el piso más alto de una torre de departamentos. Los edificios colindantes eran igual de altos y las ventanas tenían que estar siempre cerradas.
Desde la ventana, la joven mujer podía ver cómo su vecina del edificio de al lado lavaba la ropa y la ponía a secar todas las mañanas. Para la recién casada, la ropa que lavaba su vecina se veía sucia y le comentaba a su esposo la falta de voluntad que ponía aquella mujer al lavar. Cada mañana, la mujer se ponía a mirar por la ventana no bien se despertaba e inevitablemente hacía comentarios sobre la ropa “sucia” de su vecina. Esta situación continuó durante varios días, y el esposo se cansó de la intromisión de su esposa en la vida de la mujer de al lado.
Una mañana, la esposa se levantó y espió a su vecina. Se sorprendió al ver que la ropa colgada estaba impecablemente limpia. Le hizo el comentario a su esposo y agregó: “Tal vez, mis críticas le llegaron y comenzó a usar un jabón en polvo de mejor calidad”.
Con calma, el esposo le respondió: “Estaba tan cansado de tu hábito de criticar a la vecina que hoy, mientras dormías, me levanté más temprano y limpié el vidrio de nuestra ventana.

Una noche, un hombre anciano llegó tarde a la carpa/tienda de Abraham. El hombre estaba cansado, hambriento y débil. Abraham pidió que le sirvieran un plato de comida caliente. No bien le pusieron la comida en la mesa, el hombre hambriento se lanzó a comer. Sin embargo, la dura voz de Abraham lo detuvo.

“¡Hombre, usted no reza antes de comer!”, lo reprendió Abraham. “Ni siquiera hizo una reverencia al Señor”.

“No, no hago reverencias ni rezo”, respondió el invitado. Frente a esta respuesta Abraham dijo enojado: “entonces esta comida no es para ti, ni tampoco puedes quedarte en este lugar”.

El anciano se incorporó y abandonó el lugar tan rápido como había llegado. Esa noche, inesperadamente, mientras Abraham dormía hubo un relámpago y un fuerte trueno. Una presencia apareció ante Abraham y le preguntó: “¿Dónde está el anciano?”, Abraham respondió: “Señor, lo eché porque no te rindió culto a Ti”.

La Presencia dijo: “He cargado con él durante todos estos años. ¿Acaso no podías cargar con él una sola noche?”.

Un joven pero competente rey tenía un carácter altanero. Conociéndose a sí mismo, escogió un primer ministro igual de joven pero que era conocido por su naturaleza estable y una fe profunda en Dios. El reino prosperó.
Un día, el rey cortó una manzana con un cuchillo filoso. Accidentalmente, se cortó el sector superior de su dedo índice. Aulló de dolor y sangró mucho. Los sirvientes corrieron a buscar a un médico. Mientras atendía  la herida del rey el primer ministro comentó: “Por favor, soporta el dolor. Ya estará bien. Lo que hace Dios, es sólo para nuestro bien”.
El rey se enojó. Le gritó y maldijo al primer ministro, y lleno de rabia, ordenó que lo metieran a la cárcel.
El tiempo siguió, y la herida del rey mejoró. Con algunos compañeros, se fue de caza, y mientras cazaban a un venado en el bosque se separó del grupo principal. En un claro del bosque unos indígenas le saltaron encima y lo llevaron a su aldea. Allí, el sacrificio anual de un hombre en el altar de la deidad estaba siendo celebrado. Al ver al joven y bello rey, todos en la aldea estaban contentos. Vieron en él un buen presagio para el año venidero.
Llevaron al rey al altar de los sacrificios. Antes de que su cabeza fuera colocada en la guillotina emplazada allí, el sacerdote en jefe lo vino a inspeccionar. Al ver su dedo índice mutilado, rechazó al rey como una ofrenda de sacrificio, ya que un hombre a sacrificar que tenga una deformidad, por pequeña que sea, atraería calamidades a la tribu.
Lo dejaron ir.

Luego de varios días, el rey finalmente llegó a su ciudad capital. Todo el tiempo, estuvo pensando en las palabras “cualquier cosa que Dios hace es por nuestro bien”. Si no se hubiera cortado el dedo, de seguro hubiera sido sacrificado.
Envió llamar al primer ministro.
Pidiendo disculpas por su conducta reprochable, le narró el episodio entero. Al finalizar, le preguntó: pero dime: “¿Cuál fue el bien que te hizo Dios al permitir que permanezcas en el calabozo?”
El primer ministro respondió: “O rey, sabes que siempre te acompaño cuando sales de caza, y te sigo siempre donde vayas como si fuera tu sombra. Si yo hubiera estado contigo, hubiera sido capturado también. Cuando los aldeanos descubrieron tu mutilación, de seguro me hubieran sacrificado a mí. Así que el calabozo me salvó la vida”.

Un  monje errante se mudaba de un lugar a otro como lo establecía el Código de su Orden Religiosa.  Fue así como llegó una tarde a un pueblo. Sin embargo, ningún habitante del pueblo estaba dispuesto a darle comida o refugio. Cansado y con hambre, se ubicó debajo de un árbol para pasar la noche. Antes de quedarse dormido, oró con profunda reverencia y sentimiento de gratitud.
Un devoto que pasaba por allí lo vio y oyó. Con respeto, se acercó al hombre sagrado y dijo: “Señor, todos los habitantes del pueblo te han negado comida y refugio. Pareces cansado y famélico. ¿Cómo puedes, a pesar de todo, acordarte de orar? ¿Qué te ha dado el Señor por tus buenos actos? ¿De qué tienes que estar tan agradecido?”
El monje respondió con calma y alegremente, “¡Mi buen hombre! Con más razón es por eso que no olvido a mi Buen Señor. Necesito tener hambre hoy, y Él me lo ha otorgado; no debía dormir en una casa acogedora y Él se encargó de que así lo fuera. Él sabe mejor lo que deseo, lo que merezco y lo que es mejor para mí. Alabado sea el Señor por Su Gracia.”

Avanzando rápidamente en la conquista de  varios países y territorios, Alejandro finalmente llegó a la India. Para ese entonces, había oído muchas historias sobre nuestros santos y estaba entusiasmado por conocerlos.
Un día, su ejército había acampado en un bosque en cuyas cercanías le informaron que vivía un ermitaño. Alejandro mandó a invitarlo a que visitara el campamento para hablar de filosofía. El ermitaño con mucha educación rechazó la invitación, pero a la vez le hizo saber que cualquiera estaba invitado a su choza. Alejandro decidió ir a visitarlo.
Cuando Alejandro entró a la choza, buscó un lugar para sentarse, pero al no ver ni una silla, ni un asiento, ni siquiera un catre, le preguntó al ermitaño con cierta irritación: “¿No tiene ningún mueble, nada para que la gente se siente?” El ermitaño le respondió con otra pregunta: “¡OH, rey!, ¿dónde están sus muebles?” “Pero yo solo estoy aquí de paso. No he venido para quedarme”. Respondió Alejandro.
“Lo mismo digo”, agregó el ermitaño. “Yo también estoy de paso; no estoy aquí para quedarme”.

Era una mañana agitada aquel día en que un caballero, que tenía alrededor de 80 años, se presentó para que le quitaran los puntos de una herida en su pulgar. Manifestó que estaba apurado porque tenía una cita a las nueve.
Le dije que tomara asiento, sabiendo que debería esperar más de una hora para que alguien pudiera atenderlo. Lo observé mirando su reloj y decidí que, como no estaba ocupada con otro paciente, lo atendería yo misma. Mientras me ocupaba de su herida, nos pusimos a conversar. Le pregunté si tenía turno con el médico esa mañana ya que estaba tan apurado. El caballero me dijo que no, que debía ir al asilo de ancianos a desayunar con su esposa. Entonces, le pregunté por su salud. Me dijo que ella estaba allí desde hacía un tiempo y que padecía Alzheimer.
Mientras hablábamos y yo terminaba de vendarle la herida, le pregunté si ella se preocuparía al ver que él llegaba un poco tarde. Me contestó que ella ya no sabía quién era él, que hacía ya cinco años que no lo reconocía. Me sorprendí y entonces le pregunté: “¿usted todavía va todas las mañanas aunque ella no sepa quién es?”
Me sonrió mientras daba una palmada a mi mano y me dijo: “ella no me conoce, pero yo todavía sé quién es ella.” Tuve que contener las lágrimas al verlo partir.

Anónimo.

En una oportunidad, se llevó a cabo un experimento asombroso en la Universidad de Bankok. Se plantaron dos terrenos idénticos con 35 plantas de maíz. Todas las condiciones físicas fueron exactamente iguales: agua, tierra, luz solar, cantidad de semillas, etc. Sin embargo, el grupo “experimental” recibió el agregado del amor de los estudiantes.
Luego de 20 días, se observó que la altura promedio del grupo “experimental” de plantas era 49% mayor que la altura del grupo de “control”. Este dato fue una conclusión muy importante.
El año siguiente, hicieron el experimento con plantas de caléndula. Seleccionaron brotes de igual tamaño y los plantaron en dos terrenos, uno “controlado” y el otro “experimental”. En el grupo experimental, se les pidió a los estudiantes que, sentados en silencio frente a las plantas, les transmitieran amor. Luego de 24 días, se observó que la altura promedio de las plantas que habían recibido amor era 49.2% mayor. El terreno con las plantas de “control” no tenía flores, mientras que 78% del grupo experimental había florecido. El 25% del grupo de “control” tenía capullos, mientras que en el caso del grupo “experimental”, el 88% tenía capullos.
Si el amor como energía puede tener tal efecto en formas tan elementales de vida, ¿cuánto más puede modificar la vida de un niño?

“EL AMOR ES LA REALIDAD VITAL Y ESENCIAL DE LA VIDA ESPIRITUAL”

Androcles era un esclavo griego en Roma, el poderoso reino que gobernó antes de Cristo. Androcles era maltratado por su amo y su familia, y apenas  lo alimentaban.
Una noche, mientras todos dormían, Androcles logró escapar y huyó hacia las colinas. Encontró una cueva en una de las colinas y entró en busca de refugio. Logró encender un pequeño fuego para calentarse porque hacía frío. Inmediatamente después de encender el fuego, Androcles escuchó un ruido en la cueva, se puso de pie y vio un león adulto que lo miraba. Androcles se paralizó de miedo pero se sorprendió al ver que el león no hizo ningún esfuerzo por acercarse a él; éste gruñía y se lamía su garra.
Androcles tomó coraje. Lentamente avanzó y observó que en su garra, de la que salía sangre, había una espina clavada. Hablándole suavemente a la gran bestia, le sacó, con cuidado, la larga espina de la garra del animal que luego limpio con agua tibia. Después, rasgó un trozo de su prenda y lo ató a la herida. Pronto, ambos se quedaron dormidos.
Mientras tanto, los guardias de su amo fueron en busca del esclavo que había huido y lo encontraron en la cueva. De inmediato, lo atraparon y lo llevaron de regreso para ser llevado a juicio en el circo, frente a miles de espectadores. El día llegó.
Androcles debía pelear, sin la ayuda de nadie, contra un animal salvaje que sería liberado de su jaula. Abrieron la jaula y, en su interior, se oyó un gran rugido. El animal salió de un salto; era un feroz león, fuerte, enojado y hambriento. Androcles permaneció parado, muerto de miedo. El león corrió hacia donde estaba él. Al acercarse, de repente el león se detuvo sobre sus pasos y mirándolo se agachó sobre sus cuatro patas y comenzó a ronronear como un gato doméstico mientras le lamia los pies.
Todos estaban atónitos. Se produjo un silencio absoluto. Entonces, se escuchó un clamor: “¡liberen a Androcles, liberen al león!” Y Androcles se ganó su libertad.

El rey Anandapal era un hombre sabio. Muchos eruditos visitaban su corte para discutir sobre religión. Sin embargo, el rey no estaba satisfecho. Un día, anunció que ofrecería la mitad de su reino a quien le explicara el Mensaje del Gita de manera convincente y satisfactoria.
Algunos eruditos lo intentaron, pero no tuvieron éxito. Un día, llegó un renombrado erudito. En un lenguaje simple y claro, con los ejemplos adecuados, fue capaz de transmitirle al rey la esencia del Gita. Parecía no haber ninguna duda sobre su exposición. Sin embargo, el rey  dijo que no estaba satisfecho. Esto enfureció al erudito que acusó al rey de no cumplir con su palabra.
El asunto fue derivado a un  respetado Sabio.
Después de escucharlos a ambos, el Sabio Vishakha emitió su juicio de la siguiente manera:
“Es obvio que el rey no recibió el Mensaje del Gita; de lo contrario, no hubiese mostrado tanto apego por la mitad de su reino. Y la razón no está muy lejos. El mismo erudito tampoco  ha comprendido el Mensaje del Gita; de lo contrario, no se hubiera molestado en reclamar la mitad del reino, ya que la esencia del Gita es cumplir con las propias tareas sin esperar ninguna recompensa”.
“El conocimiento nos libera, no nos ata.”

Hubo en la carpintería una extraña asamblea; las herramientas se reunieron para arreglar sus diferencias. El martillo fue el primero en ejercer la presencia, pero la asamblea notificó que debía renunciar. ¿La causa? Hacía demasiado ruido, y se pasaba el tiempo golpeando.
El martillo reconoció su culpa, pero pidió que fuera expulsado el tornillo: había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo.
El tornillo aceptó su retiro, pero a su vez pidió la expulsión de la lija: era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás.
La lija estuvo de acuerdo, con la condición que fuera expulsado el metro, pues se la pasaba midiendo a los demás, como si fuera perfecto.
En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo, utilizando alternativamente el martillo, la lija, el metro y el tornillo.
Al final el trozo de madera se había  convertido en un lindo mueble.
Cuando la carpintería quedó sola otra vez, la asamblea reanudó la deliberación.  Dijo el serrucho: “Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades.  Eso es lo que nos hace valiosos, así que no pensemos ya en nuestras flaquezas, y concentrémonos en nuestras Virtudes”
La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba solidez, la lija limaba asperezas y el metro era preciso y exacto.  Se sintieron como un equipo capaz de producir hermosos muebles, y sus diferencias pasaron entonces a un segundo plano.

Cierta mañana, mi padre me invitó a dar un paseo por el bosque y yo acepté con placer. Se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:
– Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas algo?
Agucé mis oídos y algunos segundos después le respondí:
-Estoy escuchando el ruido de una carreta.
– Eso es- dijo mi padre-. Es una carreta vacía.
– ¿Cómo sabes que está vacía, si aún no la vemos?- le pregunté.
– Es muy fácil saber que una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuanto menos cargada está una carreta, mayor es el ruido que hace. Me convertí en adulto y aún hoy, cuando veo a una persona hablando demasiado, a una persona inoportuna, que interrumpe la conversación del otro, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: “Cuanto menos cargada está una carreta, mayor es el ruido que hace”.

Tomado del libro la culpa es de la vaca. Compiladores Jaime Lopera Gutiérrez y Marta Inés Bernal Trujillo.

Hace mucho, mucho tiempo, había un reino en el que su rey gobernaba bien a sus súbditos. Sin embargo, en ese reino no se había adoptado ninguna Religión. Todos los eruditos de la corte le aconsejaban al rey que adoptara una religión o, de lo contrario, su reino sería considerado “anti-religioso”. Distintos representantes religiosos profesaban  que su religión era la mejor, mientras que otros señalaban las deficiencias que estas tenían. De este modo, pasaron los años.
En una oportunidad, un santo errante llegó a este reino. Causó tan buena impresión en los súbditos y en el rey, que todos estuvieron de acuerdo en aceptar su consejo. Al ver tal sinceridad, el santo accedió a su pedido y le dijo al rey: “OH, Rey, mañana por la mañana los dos cruzaremos el río en bote hasta llegar a la otra orilla. Allí, bajo el gran árbol de Banano, le revelaré el nombre de la Religión de su Estado”.
A la mañana siguiente se encontraron en la orilla a la vera del río para cruzar a la otra orilla. Les trajeron un bote para que cruzaran. Al ver que la pintura del bote se había salido, el santo no lo aceptó. Tampoco aceptó un segundo bote porque estaba torcido. Y así, el santo continuó rechazando los botes que le traían por uno u otro motivo.
Al ver esto, el rey perdió la paciencia y dijo irritado: “¡OH, Gran Santo! ¿Qué tienen que ver todas estas cosas con cruzar el río? Si el bote está en buen estado y nos sirve para cruzar el río, ¿acaso no deberíamos pasar por alto todos estos pequeños detalles?”

El santo sonrió y respondió: ¡Oh, Rey! Si cualquier religión nos sirve para atravesar el viaje de la vida hacia Dios, ¿acaso no debería ser esto suficiente para cumplir con nuestro objetivo? ¿Por qué habríamos de buscar defectos entre los distintos tipos de fe?

“TODAS LAS RELIGIONES SON IGUALMENTE VERDADERAS”

Un hombre vivía con su esposa y su joven hijo. Eran muy pobres por lo que fueron a la ciudad en busca de empleo. Ambos padres trabajaban duro pero apenas podían llegar a fin de mes. Sin embargo, cuidaban a su hijo y lo enviaban regularmente a una escuela cercana.
El muchacho veía a otros niños en la escuela y se comparaba con ellos. El vestía harapos, llevaba libros viejos y desvencijados y estaba descalzo. Cuando regresaba de la escuela se quejaba de su condición con sus padres, pero sus padres no podían ofrecerle más de lo que ya le habían dado.
Un día, padre e hijo iban caminando juntos a la escuela y el muchacho se quejó una vez más por la falta de calzado. “¿Por qué tengo que ir descalzo a la escuela cuando los otros niños llevan zapatos?”, dijo. En ese mismo instante, ambos vieron a otro muchacho que alegremente intentaba hacerse camino a la escuela. ¡Observaron que no tenía pies!
“LLORÉ PORQUE NO TENÍA ZAPATOS, HASTA QUE VI QUE ÉL NO TENÍA PIES.”
“DA GRACIAS POR LO QUE TIENES.”

En lo alto del Tíbet, había un Monasterio en el que vivían el jefe y otros seis Lamas. Siempre había alguna discusión y nadie podía ponerse de acuerdo. Las reuniones terminaban en peleas ya que ninguno estaba dispuesto a aceptar el punto de vista del otro. En el lugar no había paz ni tranquilidad.
Un día, el jefe Lama se encontraba tan alterado y lleno de angustia que se “retiró” para orar intensamente. Pidió entonces ayuda Divina para hallar el comino y así salir de esa infeliz situación. Después de orar durante unos días, escuchó una Voz que le pedía que no se preocupara ya que entre ellos se encontraba Dios y aunque podía contarles esto a los otros seis Lamas, nadie más debía saberlo.
El jefe Lama, lleno de alegría, regresó al Monasterio y llamó al resto a una reunión en la que narró lo que le había sucedido durante el “retiro”.  Pronto, se produjo un gradual pero definitivo cambio en la actitud y el comportamiento de los Lamas. Al no saber quién de ellos era Dios, comenzaron a comportarse bien y a tratarse con cortesía entre ellos no fueran a “ofender” a Dios. Las reuniones también fueron más productivas, ya que cada uno escuchaba con respeto el punto de vista del otro y se trataban el uno al otro con respeto. El Monasterio pronto tuvo un aire de paz y tranquilidad en su interior.
El jefe Lama estaba sorprendido. Una vez más, se “retiró” y oró a Dios agradeciendo por lo que Él había logrado. Nuevamente, oyó la voz de Dios claramente que le revelaba la Verdad.
“Dios está en todos y en todas las cosas de Su Creación.”

Un niño vivía en Nepal con sus padres y su abuelo anciano. Su mamá siempre se quejaba de que el abuelo demandaba constante atención y que era una carga para la familia. En algunas oportunidades, ni se lo tenía en cuenta a la hora de comer. El niño tenía una relación muy estrecha con su abuelo, por lo cual se guardaba comida a escondidas de su madre para dársela más tarde al anciano sin que ella lo notara.
Un día, la madre les dio un ultimátum: ¡el abuelo debía abandonar la casa! El padre del niño, al no poder controlar la situación, decidió volver a enviar a su padre a su pueblo natal, donde tendría que vivir solo.
Como era la costumbre, el padre del niño compró una silla de mimbre para llevar al anciano. La mañana siguiente, cargaron al abuelo en la silla y partieron al pueblo. El niño rogó en vano, y aunque caían lágrimas de sus ojos, ninguno de los padres se conmovió.
Se despidió de su abuelo y se dirigió al padre, a quien le pidió que no se olvidara de traer de vuelta la silla de mimbre. El padre le preguntó qué haría con la silla a lo que el niño respondió: “padre, la guardaré en casa y cuando tú envejezcas como el abuelo y seas una carga para la familia, la usaré para llevarte a ti a tu pueblo”.

“COSECHARÁS TU SIEMBRA”

Durante los primeros días de su trabajo de investigación sobre la sensibilidad de las plantas, el Dr. Jagdish Chandra Bose, uno de los científicos más importantes del siglo XX, solía caminar, desde su casa al laboratorio, por un sendero que cruzaba por el medio de un jardín.

En ese sendero había una planta de balsamina que, por su naturaleza, reacciona cerrando sus hojas cuando alguien intenta tocarla. El Dr. Bose reflexionó sobre este fenómeno.

En una oportunidad, decidió hacer un experimento. Se paró cerca de la planta y dijo en voz alta: “Oh, planta hermosa, por favor no me tengas miedo. Te amo y quiero que prosperes. De hecho, te protegeré si es necesario. Seamos amigos; no tienes nada que temer”. Todos los días al pasar por ahí, solía repetir esa frase con amor. Y así pasaron algunos meses.

Un día, observó que la planta no se retrajo ni cerró sus hojas cuando la tocó. ¡Ese fue su mayor momento de felicidad!

El carpintero que había contratado para que me ayudara a reparar una vieja granja acababa de finalizar su primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se había dañado, haciéndole perder una hora de trabajo, y su viejo camión se negaba a arrancar.
Mientras lo llevaba a su casa, permaneció en silencio. Cuando llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol y tocó las puntas de las ramas con ambas manos.
Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso entusiasta a su esposa.
De regreso me acompañó hasta el carro. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunte acerca de lo que había visto hacer un rato antes.
“Este es mi árbol de problemas” – contestó -. Se que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: Los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa, y en la mañana los recojo otra vez.
Lo divertido – dijo sonriendo – es que “cuando salgo a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.”

Cerca de un pueblo, a la orilla del camino, había un gran árbol que tenía hojas pequeñas. Al mirar a su alrededor y ver árboles con grandes hojas, nuestro árbol se sentía siempre infeliz. Ansiaba tener hojas de gran tamaño. Al verlo tan triste, ¡Dios le concedió su deseo!
Sin embargo, las grandes hojas atraían a los habitantes del pueblo quienes las arrancaban para usarlas como envoltorio y para guardar comestibles. El árbol quedó pelado y pronto entristeció, una vez más. El hecho de que utilizaran sus hojas para tal propósito también lo enfurecía por lo que, una vez más, oró fervientemente por un cambio: deseaba hojas más valiosas, como de oro. Nuevamente, ¡el deseo le fue concedido!
Los habitantes del pueblo, al ver estas brillantes hojas doradas las arrancaron. Todos enriquecieron, pero el árbol se puso más triste y furioso. Deseaba hojas que la gente no se atreviera a arrancar. Por lo tanto, rezó para tener hojas de vidrio con puntas filosas. Ahora nadie las podría tocar.
Sucedió que, un día, el viento era muy fuerte y el árbol comenzó a moverse de un lado a otro. Las hojas de vidrio se rompieron y lastimaron al árbol en varios lugares. El árbol sentía un profundo dolor y lloró en vano.
Fue entonces que se dio cuenta de que es mejor estar contento con lo que uno tiene antes que desear cosas mundanas. La satisfacción trae felicidad. Los deseos son la causa de la insatisfacción.
Se arrepintió y rezó para tener el tamaño original de sus hojas. Y ese deseo también Dios se lo concedió.

Una empresa de calzados que había desarrollado un proyecto para exportar zapatos a la India decide enviar a sus dos mejores consultores a puntos diferentes de este país para hacer las primeras observaciones del potencial de compra de aquel futuro mercado.
Después de algunos días de investigación, uno de los consultores manda el siguiente fax a la Gerencia de la industria:
“Señores: cancelen el proyecto de exportación de zapatos para la India.
Aquí nadie usa zapatos.”
Sin saber de ese fax, algunos días después, el segundo consultor envía el siguiente mensaje:
“Señores: tripliquen el proyecto de exportación de zapatos para la India.
Aquí todavía nadie usa zapatos.”

“LOS TRISTES SIENTEN QUE EL VIENTO GIME; LOS ALEGRES SIENTEN QUE LES CANTA.”

El mundo es como un espejo que devuelve a cada persona el reflejo de sus propios pensamientos.
La manera en que enfrentas la vida hace TODA la diferencia.

Un hombre conducía su auto por una carretera en un pequeño pueblo estadounidense. Al pasar por una cámara de control de tránsito, observó que la cámara tomaba una fotografía de su coche. Asombrado de haber sido multado por sobrepasar el límite de velocidad cuando sabía que no había cometido dicha infracción, volvió a pasar por el control. Esta vez, pasó por delante de la cámara incluso más despacio. Nuevamente, la cámara tomó una fotografía. ¡No lo podía creer! Volvió a pasar y ahora lo hizo a paso de tortuga. Una vez más, observó que la cámara se disparaba. Pensó entonces que probablemente funcionaba mal y se fue a su casa.
Tres semanas más tarde, recibió tres multas; las tres eran por no haber usado el cinturón de seguridad.

SIEMPRE ESTAMOS DISPUESTOS A SEÑALAR EL ERROR EN LOS DEMÁS, PERO NUNCA PODEMOS CONTEMPLAR LA POSIBILIDAD DE QUE, TAL VEZ, EL ERROR SEA NUESTRO.

Un hombre rico estaba muy enfermo. Ni el mejor tratamiento le había dado resultado. Su único hijo, que era muy apegado a él, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para que su padre recuperara su salud. Un curandero le dijo que si le daban a su padre la camisa de un hombre feliz y contento, éste sanaría.
Así comenzó su búsqueda de aquel hombre. Sin embargo, no encontraba a nadie que fuera completamente feliz, alguien sin preocupaciones o pesares. Nadie recibía de la vida todo lo que deseaba.
Frustrado y agotado, una noche de regreso a su casa, cuando ya había perdido todas las esperanzas, de repente oyó movimientos en las cercanías y observó que alguien descansaba a la intemperie, debajo de un arbusto. En la oscuridad, escuchó que el hombre decía: “¡Alabado seas Señor!, otro día está por terminar. Ahora con Tu Gracia, lleno de paz y felicidad, acepto el regalo de un sueño profundo”.
“Este es el hombre que estoy buscando”, pensó el hijo. Sin ánimo de perder esta oportunidad que le enviaba Dios, se acercó lentamente y se abalanzó sobre el extraño para apropiarse de su camisa. Para su desgracia, descubrió que el extraño no llevaba camisa. El extraño le preguntó con tranquilidad qué estaba haciendo y entonces el hijo del hombre rico le explicó todo.
Con calma, el extraño respondió: “Amigo mío, si tuviera una camisa, ¿crees que sería tan feliz y estaría tan contento?”
“QUITATE LOS TRAPOS QUE TE ATAN, UNO POR UNO; AL FINAL, LAS ROPAS DESAPARECEN.”

Un gusanito iba caminando en dirección al sol.
Muy cerca del camino se encontraba un duendecillo.
¿Hacia dónde te diriges? – le preguntó.
Sin dejar de caminar, el gusanito contestó:
–    Tuve un sueño anoche: soñé que desde la cima de la gran montaña veía todo el valle. Me gustó lo que vi en el sueño, y he decidido realizarlo.
El duendecillo dijo, mientras lo veía alejarse:
–    ¡Debes estar loco! ¿Cómo podrás llegar hasta aquel lugar? ¡Tú, una simple oruga! Para alguien tan pequeño como tú, una piedra será una montaña; un pequeño charco, el mar, y cualquier tronco, una barrera infranqueable.
Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó. De pronto se oyó la voz de un escarabajo: – Amigo, ¿hacia dónde te diriges con tanto empeño?
El gusanito, jadeante, contestó:
–    Tuve un sueño y deseo realizarlo: subiré esa montaña y desde ahí  contemplaré todo el mundo.
El escarabajo soltó una carcajada y dijo:
–    Ni yo, con estas patas tan grandes, intentaría una empresa así de ambiciosa – y se quedó riéndose, mientras la oruga continuaba su camino. Del mismo modo, la araña, el topo, la rana  y la flor aconsejaron a nuestro amigo desistir.
-¡No lo lograrás jamás! – le dijeron.
Pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió detenerse para construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar.
–    Estaré mejor aquí-  fue lo último que dijo, y murió.
Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal más loco del valle: había construido como tumba un monumento a la insensatez. Ese duro refugio era digno de quien había muerto por querer realizar un sueño imposible.
Una mañana en la que el sol brillaba de manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos. La concha comenzó a quebrarse y aparecieron unos ojos y una antena que no podían pertenecer a la oruga muerta. Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: una espléndida mariposa.
No había nada que decir, pues todos sabían lo que estaba por ocurrir: la oruga que se había convertido en mariposa, iría volando hasta la gran montaña y finalmente realizaría su sueño.
Hemos sido  creados para realizar nuestros sueños. Si vivimos por ellos, si intentamos alcanzarlos, si ponemos la vida y estamos seguros de que podemos,… lo lograremos.
Si dudamos, quizá necesitemos hacer un alto en el camino, experimentar algún cambio radical,  y recién entonces, proseguir.

Cuenta una vieja leyenda de los indios Sioux que, una vez, llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.
– Nos amamos, empezó el joven.
– Y nos vamos a casar, dijo ella.
– Y nos queremos tanto que tenemos miedo. ¿De qué cosas tiene que hacerse cargo el hombre y de cuáles la mujer?
-Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.
-Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a  Manitú el día de la muerte. Por favor, repitieron, – ¿hay algo que podamos hacer?
El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.
-Hay algo…-dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé….es una tarea muy difícil y sacrificada.
-No importa – Dijeron los dos.
-Bien – dijo el brujo -, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y  deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas,  deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena.
¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio.
Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo-, deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más brava de todas las  águilas y solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas  y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta…salgan ahora.
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia  el sur…El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los  jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.
– ¿Volaban alto? preguntó el brujo.
– Sí, sin dudas. Como lo pediste… y ahora- preguntó el joven- ¿lo mataremos y beberemos el honor de su sangre?
– No, dijo el viejo.
– Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne – propuso la joven –
No- repitió el viejo. Hagan lo que les digo. Tomen las aves y atenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero…Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.
El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.
-Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes  perdure, ‘vuelen juntos pero jamás atados’.-

En una oportunidad, Gandhi fue invitado a una escuela. Lo llevaron a visitar los cursos y a observar el progreso de las clases. Obviamente, los maestros habían preparado bien sus clases y esperaban que Gandhi quedara impactado con ellas. Al finalizar la visita, se reunieron en la sala de profesores con Gandhi, ansiosos por escuchar su opinión al respecto. Para comenzar la conversación, Gandhi informalmente les preguntó a los maestros qué habían estado enseñando. “Matemáticas”, dijo un maestro. “Yo enseño ciencias”, dijo otro. “Yo enseño Literatura”, contestó un tercero; y así continuaron hasta que todos dieron su respuesta. Habiendo escuchado todas las respuestas, Gandhi dijo: “¡Muy bien! Y ahora, ¿quién le enseña a los niños?”

Una vez, un hombre erudito visitó la corte del Emperador Akbar. En su discurso, alabó a Akbar desmesuradamente, incluso dijo que el Emperador era más poderoso que el mismísimo Dios.
Akbar se mostró encantado con los dichos. Cuando el erudito se fue, le pidió a sus ministros que le dijeran en qué aspectos él era más poderoso que Dios. Los ministros se vieron en aprietos; no le podían decir la verdad, pero tampoco querían que el poderoso Emperador se disgustara.
Cuando estaban todos en silencio, Akbar se dirigió a Birbal.  “Birbal, al menos usted debe de tener una respuesta”. Los celosos ministros se mostraron alegres, ya que pensaron que esta vez Birbal no sabría que responder.
Birbal, respondió con calma: “¡Oh, Emperador! Es cierto que, en al menos un aspecto, usted es más poderoso que Dios. Si usted está disgustado con alguien, lo puede expulsar de su reino. En cambio, si Dios está disgustado con alguien, ¿a dónde podría expulsarlo? El reino de Dios no tiene límites”.

Una vez, un monje errante llegó a la orilla de un río que debía cruzar. Mientras se preparaba para cruzar al otro lado, vio un escorpión que luchaba para subirse a una hoja que flotaba. A punto de ahogarse, había logrado aferrarse a la hoja e intentaba subirse.
El monje sintió pena por el escorpión e intentó levantarlo para colocarlo sobre la hoja. Repentinamente, el escorpión le picó la mano, éste la sacó y el escorpión se cayó de la hoja. El monje observó entonces que el escorpión, a punto de ahogarse, intentaba alcanzar la hoja. Lleno de compasión, intentó nuevamente ayudarlo pero el escorpión otra vez lo picó.
Un hombre que pasaba por allí presenció la escena y llamó la atención del monje. “Señor, se dio cuenta de lo ingrato que fue el escorpión en un primer momento y, a pesar de todo, usted lo ayudó por segunda vez. ¿No es esto una tontería acaso?”
Aún dolorido por las dos picaduras, el monje contestó con tranquilidad, “el suyo es un buen consejo señor, pero el escorpión me picó instintivamente. Ésa es su naturaleza. Si el escorpión no puede apartarse de su naturaleza, ¿cómo puede usted esperar que yo abandone la mía? ”

Una persona fue de compras y entró a un negocio que tenía un gran pizarrón con la palabra “FRUTA”. No había nada sobre el mostrador, pero del otro lado del mostrador, vendiendo, estaba Dios.
Esta persona quedó estupefacta. “¿Eres realmente Dios?” preguntó descreído. La respuesta fue: “sí, hijo mío, soy Él. ¿Qué deseas?” El hombre nuevamente preguntó: “¿Estás diciendo la verdad? ¿Eres realmente Dios vendiendo cosas?” Dios respondió nuevamente: “sí, estoy diciendo la verdad. ¿Qué deseas?”
El hombre se quedó en silencio por un rato. Luego pidió audazmente lo que había venido a buscar: “Muy bien. Por favor, dame un kilo de uvas, una sandía y una docena de naranjas.”
Entonces Dios contestó: “¿Estás seguro de haber venido al negocio indicado? No vendemos fruta madura, ¡solo vendemos semillas!”

Había una vez, un hombre pobre. No tenía nada que le perteneciera. Para ganarse la vida, solía ir al bosque cercano, cada mañana, a recoger ramas secas, ramitas, frutas y raíces y solía llevarlas para venderlas en el pueblo. Lo que ganaba era suficiente para comprar su comida del día.
Una vez, logró recoger algunas fresas excepcionalmente maduras y dulces. Se las llevó entonces a un ama de casa que se sintió feliz de comprar algo tan exquisito. La mujer las iba a ingresar en su casa para pesarlas. Pero cuando estaba entrando, de repente se dio vuelta y le preguntó al muchacho: “¿Quieres ver tu mismo cuánto pesan? ¿O confiarás en mi palabra? ¿Y si te engaño?”
El muchacho sonrió y le contestó: “Señora, no tengo nada que temer. Si me engaña, usted será la única que pierda.” La respuesta sorprendió a la señora de la casa. Con una mirada de desconcierto en su rostro, le preguntó qué quería decir. Él le contestó: “si me engaña, yo solo perderé unas fresas. ¡Pero usted perderá su conciencia!”

El erudito profesor estadounidense era un mal orador. Un día, tuvo una idea. Grabó su próxima clase en casete y le hizo correcciones y cambios al volverla a escuchar.
La mañana siguiente, llevó un grabador portátil a la clase y cuando los estudiantes se acomodaron en sus bancos, puso la grabación. Los estudiantes escucharon atentamente y el profesor se puso muy contento. Decidió repetir lo mismo la clase siguiente.
La mañana siguiente, después de enchufar el grabador, el profesor contaba con algo de tiempo y se dirigió a la sala de profesores para tomar un café. Luego de conversar con sus colegas, regresó a la clase, justo a tiempo para apagar el grabador.
Este método le venía bien y durante las siguientes clases lo repitió. Un día, entró a la clase con confianza, encendió el grabador mientras todos los alumnos se ubicaban en sus lugares y, como de costumbre, se dirigió a la sala de profesores a tomar su taza de café.
Sin embargo, ese día no había nadie con quién conversar, por lo tanto regresó a la clase en unos pocos minutos. Para su sorpresa, vio que faltaban todos los alumnos de la clase y, en cada banco, ¡había un grabador que grababa fielmente la clase!
La información se transfería de un grabador a otro. ¡Ni siquiera de una cabeza a otra!

“EL MEDIO TAMBIÉN ES UN MENSAJE, TODO COMUNICA”-

El hombre que estaba tras el mostrador, miraba la calle distraídamente. Una niña se aproximó a la tienda y apretó la nariz contra el vidrio de la vitrina. Los ojos en los que se reflejaba el cielo brillaban cuando vio un determinado objeto. Entró en la tienda y pidió para ver el collar de turquesa azul.
El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, lo envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado moño con una cinta rosa.
-”Toma, dijo a la niña. Llévalo con cuidado”.
Ella salió feliz, corriendo y saltando calle abajo. Aún no acababa el día, cuando una joven entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho e indagó:
-”¿Este collar fue comprado aquí?”
-”Si señorita”.
-”¿Y cuánto costó?”
-”Ah”, habló el dueño del negocio. “El precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente”. La joven continuó:
-”Pero mi hermana tenía solamente algunas monedas. ¿El collar es verdadero? Ella no tendría dinero para pagarlo”. El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, colocó la cinta y lo devolvió a la joven.
-”Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar. ELLA DIO TODO LO QUE TENIA”.
El silencio llenó la pequeña tienda y emocionada la joven, dando las gracias, tomó el pequeño envoltorio con lágrimas de amor en sus ojos, y se marchó.

Un fakir (mendicante) una vez se presentó ante el rey para pedirle ayuda económica ya que quería llevar a cabo un proyecto religioso. Al entrar al palacio, tuvo que esperar porque el rey estaba ocupado con sus oraciones de la tarde.
Mientras esperaba afuera, el fakir escuchó las oraciones del rey.
El rey también pedía salud y riqueza, obtener victorias sobre sus enemigos, buenas cosechas, etc.
Escuchar esto hizo reflexionar al Fakir: “El rey depende completamente del Señor en todo lo que recibe. Le pide al Señor todo lo que desea; ¿por qué estoy aquí a merced del rey, y en busca de caridad, cuando el mismísimo rey está a mereced del Poder Supremo? ¿Por qué no me dirijo directamente al Señor en busca de su gracia?”
Cuando el rey salió luego de culminar sus oraciones, el fakir ya se había ido.

El maestro estaba preocupado porque sus discípulos aprendían todo de memoria, repitiendo como loros, pero no incorporaban ningún conocimiento con sabiduría. El maestro tenía un sirviente anciano que lo había servido fielmente, pero que nunca se había mostrado interesado en aprender. Era el hazmerreír de los jóvenes discípulos, quienes solían burlarse del anciano por su ignorancia sobre los libros sagrados.
En una oportunidad, un devoto llevó un racimo de bananas como ofrenda al Gurú. El Maestro convocó a todos y les anunció que realizarían un juego. Le entregó una banana a cada uno y dijo: “El que primero coma la banana sin que nadie lo vea, ganará el juego. Ahora, vayan”.
Todos se dispersaron rápido: algunos se escondieron detrás de un árbol, otros dentro de armarios, detrás de las puertas, debajo de algún catre, o incluso debajo de alguna sábana. Una vez que se comieron la banana, todos se dirigieron rápidamente hacia dónde estaba el Gurú para reclamar el premio. Todos, menos el sirviente analfabeto.
Cuando regresó, con la banana aún en su mano, los jóvenes alumnos se rieron a carcajadas.
Sin embargo, el Maestro le preguntó muy seriamente cuál había sido el motivo de su extraño comportamiento. “Maestro,” respondió, “pude ver como todos se escondían en distintos lugares, pero no pude encontrar un lugar tan secreto como para que mis acciones no pudieran ser observadas”.

El maestro estaba preocupado porque sus discípulos aprendían todo de memoria, repitiendo como loros, pero no incorporaban ningún conocimiento con sabiduría. El maestro tenía un sirviente anciano que lo había servido fielmente, pero que nunca se había mostrado interesado en aprender. Era el hazmerreír de los jóvenes discípulos, quienes solían burlarse del anciano por su ignorancia sobre los libros sagrados.
En una oportunidad, un devoto llevó un racimo de bananas como ofrenda al Gurú. El Maestro convocó a todos y les anunció que realizarían un juego. Le entregó una banana a cada uno y dijo: “El que primero coma la banana sin que nadie lo vea, ganará el juego. Ahora, vayan”.
Todos se dispersaron rápido: algunos se escondieron detrás de un árbol, otros dentro de armarios, detrás de las puertas, debajo de algún catre, o incluso debajo de alguna sábana. Una vez que se comieron la banana, todos se dirigieron rápidamente hacia dónde estaba el Gurú para reclamar el premio. Todos, menos el sirviente analfabeto.
Cuando regresó, con la banana aún en su mano, los jóvenes alumnos se rieron a carcajadas.
Sin embargo, el Maestro le preguntó muy seriamente cuál había sido el motivo de su extraño comportamiento. “Maestro,” respondió, “pude ver como todos se escondían en distintos lugares, pero no pude encontrar un lugar tan secreto como para que mis acciones no pudieran ser observadas”.

Para la construcción del gran templo de Madurai se emplearon cientos de picapedreros.
En una oportunidad, el rey fue a inspeccionar cómo iba la obra. Se detuvo frente a un picapedrero y le preguntó qué estaba haciendo: “¡Oh, rey!, estoy picando piedras para ganarme el pan de cada día”, le respondió.
El rey se mostró sorprendido ante tal respuesta inesperada y continuó su camino.
Siguió en su recorrida y se detuvo frente a otro picapedrero; “¿Qué está haciendo, señor?”, le preguntó el rey. “Con las habilidades que tengo, estoy cortando estas piedras y dándoles una forma regular; éste es un trabajo importante”, respondió el hombre. Dicha respuesta le resultó aún más interesante al rey.
Más adelante paró frente a un picapedrero que estaba absorto en su trabajo, gotas de sudor corrían por su rostro. El rey volvió a hacer la misma pregunta.
“¡Oh, rey!, estoy construyendo la mansión de nuestro Señor”, respondió el obrero. “Alabado sea el Señor por haberme encomendado esta tarea sagrada”.

En uno de sus discursos, el santo errante se dirigió a su audiencia y les dijo que la forma más sencilla y más segura para ir al Cielo es nombrar o pensar en Dios con el último respiro. Gandhi alcanzó la liberación al decir “Hey Ram” con su último aliento. No pensó en el asesino. Hasta Ravana, el rey demonio se fundió con el Señor al mencionar el nombre Rama en el lecho de su muerte.
Este comentario impresionó muchísimo a un comerciante rico que estaba muy compenetrado con la vida mundana y preocupado en ganar dinero a toda costa. No tenía ni el tiempo ni la intención de orar diariamente o de permitirse hacer caridad. Sin embargo, para asegurarse un atajo al Cielo, le puso a sus cuatro hijos nombres de Dioses, esperando que al momento de su muerte los llamara por sus nombres y así asegurarse que sus labios pronunciaran el nombre de Dios.
El día final llegó; sabía que pronto partiría. Reunió a sus hijos alrededor de la cama. Al escuchar que su padre los recordaba, todos acudieron a su lecho. Al verlos a todos reunidos a su alrededor, de repente se dio cuenta de que nadie estaba atendiendo el negocio. Gritó: “¿quién está atendiendo el negocio, tontos?”
Esas fueron sus últimas palabras.

Un sabio, que se hallaba meditando en una cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentado frente a él, a un inesperado visitante: el Director de un célebre monasterio.
-¿Qué deseas?, preguntó el sabio.
El Director le contó una triste historia: en otro tiempo, su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, estaba repleto de jóvenes novicios, y resonaba por doquier el armonioso canto de los monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu, la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y el monasterio se hallaba tristemente en silencio. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían aburridos y rutinariamente sus obligaciones.
Entonces, el Director preguntó lo siguiente:
-¿Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación?
-Sí (respondió el sabio) un pecado de ignorancia.
-¿Y qué pecado puede ser ése? (preguntó el Director).
-Uno de ustedes es el Mesías disfrazado y no lo saben. Dicho esto, el sabio cerró los ojos y volvió a su estado de meditación.
Durante el viaje de regreso al monasterio, el Director sentía cómo su corazón se agitaba al pensar que el Mesías, ¡el mismísimo Mesías! había vuelto a la tierra y había ido a parar justamente a su monasterio ¿Cómo no había sido capaz de reconocerlo? ¿Y quién podía ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿O el hermano de ojos claros? ¿Quizás el hermano administrador? ¿O sería el hermano Juan? ¡No, él no! Por desgracia, Juan tenía demasiados defectos…pero el sabio había hablado de un Mesías “disfrazado” ¿no serían aquellos defectos parte de su disfraz? Mirando bien, todos en el monasterio tenían defectos… ¡y uno de ellos tenía que ser el Mesías!
Cuando llegó al monasterio, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros: ¿el Mesías, aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba disfrazado…entonces, tal vez… ¿podría ser Fulano…? ¿O Mengano, o…?
Una cosa era cierta: si el Mesías estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron a tratarse todos con respeto y consideración. “Nunca se sabe”, pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, “tal vez éste sea el Mesías…”
Con el tiempo, el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo y alegría. Pronto volvieron a acudir cientos de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden y volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu de Amor…

Reflexionar: ¿Si fuéramos concientes de que el Mesías es uno de nosotros pero disfrazados, cómo nos trataríamos unos a otros? ¿Y si al final el Mesías está dentro de cada uno?
Mesías: Persona en quien se confía ciegamente y a quien se espera como libertadora o redentora. En el hebraísmo, Mesías es el libertador del pueblo judío. En el cristianismo: Cristo, el Hijo de Dios (Fuente: Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe).

Dios tomó forma de mendigo y bajó al pueblo, buscó la casa del zapatero y le dijo: “Hermano, soy muy pobre, no tengo una sola moneda en la bolsa y éstas son mis únicas sandalias, están rotas, ¿podrías hacerme el favor de arreglarlas?”.
El zapatero le dijo: “estoy cansado de que todos vengan a pedir y nadie a dar.” El mendigo le dijo: “yo puedo darte lo que tú necesitas.”
El zapatero desconfiado viendo un simple mendigo le preguntó: “¿Tú podrías darme el millón de dólares que necesito para ser feliz?” A lo que el mendigo respondió: “yo puedo darte diez veces más que eso, pero a cambio de algo.”
El zapatero preguntó: “¿a cambió de qué?” “A cambio de tus piernas.” El zapatero respondió: “¿para qué quiero diez millones de dólares si no puedo caminar?”
Entonces el mendigo agrandó la oferta: “Bueno, puedo darte cien millones de dólares a cambio de tus brazos.” El zapatero respondió: “¿para qué quiero yo cien millones de dólares si ni siquiera puedo trabajar ni comer solo?”
Entonces el mendigo le ofreció más aún: “Bueno, puedo darte mil millones de dólares a cambio de tus ojos.” El zapatero pensó poco, “¿para qué quiero mil millones de dólares si no voy a poder ver a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos?”
Finalmente, el mendigo, Dios mismo, le reclamó: “¡Ah, Qué fortuna tienes y no eres conciente!”.
Facundo Cabral

Cuando era joven, Gandhi se vio influenciado, hasta cierto punto, por factores externos. Por ejemplo, aunque al comienzo, no le gustaba el sabor de la carne, a medida que el tiempo pasó comenzó a gustarle el sabor del curry de carne.
Siempre que tuviera una invitación para comer carne fuera de su casa, le daba alguna excusa a su madre para no comer allí. Sabía que sus padres nunca lo perdonarían si se enteraban que la consumía. Aunque en ese momento no estaba en contra de comer carne, sí estaba en contra de mentir a su madre. Esto le carcomía por dentro por lo que finalmente dejó de consumirla.
Gandhi también había comenzado a fumar con su amigo Sheik y algunos otros. Por eso, debía arreglárselas para conseguir pequeñas sumas de dinero aquí y allá para comprar cigarrillos.
Un día, para pagar una deuda en la que había entrado su hermano, robó una joya de oro. Robar, como todos sabemos, es un pecado grave. Él sabía que había cometido un delito serio. Resolvió entonces, no volver jamás a robar en su vida. Escribió una confesión por su delito y se la entregó a su padre enfermo.
Karamchand Gandhi, su padre, leyó la confesión y rompió el papel sin decir una palabra. Los trozos de papel cayeron al piso y se hundió en la cama con un suspiro. Gandhi salió de la habitación, lagrimas corrían por su cara.
Desde aquel día, Gandhi amó cada vez más a su padre.

Una vez, le pidieron a Winston Churchill, quien había guiado a Inglaterra a la victoria durante la Segunda Guerra Mundial, que diera un discurso en su antigua escuela en ocasión de su recepción anual.
Cuando se puso de pie para hablar, todos los ojos se centraron en él, todos los oídos estuvieron atentos a sus palabras. Todos conocían bien el gran poder de oratoria que poseía.
Quedó unos segundos en silencio, todos estaban expectantes; se dirigió entonces a la audiencia de esta manera:
“Nunca. Nunca. Nunca. ¡Nunca se rindan!”
Y volvió a su asiento.
Durante medio minuto, se produjo un silencio absoluto y luego rompieron en un espontáneo aplauso ensordecedor. Nunca un orador tan reconocido había dado un discurso tan corto pero tan efectivo.
El mensaje caló profundo e hizo historia.

Un banquero americano estaba en el muelle de un pueblito caribeño, cuando llegó un botecito con un solo pescador.
Dentro del bote había varios atunes amarillos de buen tamaño.
El americano elogió al pescador por la calidad del pescado y le preguntó cuánto tiempo le había tomado pescarlos.
El pescador respondió que sólo un rato.
El americano le preguntó que por qué no permanecía más tiempo y sacaba más pescado.
El pescador dijo que él tenía lo suficiente para satisfacer las necesidades inmediatas de su familia.
El americano le preguntó qué hacía con el resto de su tiempo.
El pescador dijo:
“Duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, hago siesta con mi señora, caigo todas las noches al pueblo donde tomo vino y toco guitarra con mis amigos. Tengo una vida agradable y ocupada.”
El americano replicó:
“Soy de Harvard y podría ayudarte”.
Deberías gastar más tiempo en la pesca y, con los ingresos, comprar un bote más grande y, con los ingresos del bote más grande, podrías comprar varios botes; eventualmente tendría una flota de botes pesqueros.
En vez de vender el pescado a un intermediario lo podrías hacer directamente a un procesador y, eventualmente, abrir tu propia procesadora.
Deberías controlar la producción, el procesamiento y la distribución. Deberías salir de este pueblo e irte a la Capital, donde manejarías tu empresa en expansión”.
El pescador le preguntó:
“¿Pero cuánto tiempo tardaría todo eso…?”
A lo cual respondió el americano:
-”Entre 15 y 20 años”.
“¿Y luego qué?”, preguntó el pescador.
El americano se rió y dijo que esa era la mejor parte.
“Cuando llegue la hora deberías vender las acciones de tu empresa al público. ¡Te volverás rico…tendrás millones!”
“¿Millones…y luego qué?”.
“Luego te puedes retirar, y disfrutar de la vida plenamente”. Y el pescador respondió:
“¿Y acaso eso no es lo que ya hago?”.

LA FELICIDAD ES UN TRAYECTO, NO UN DESTINO.

Una vez, un científico desconcertado se encontró con un santo y le preguntó por el “mundo objetivo”.
“Todo esto es una ilusión, todo el universo no es más que un sueño, tú y yo no somos más que entidades en este sueño.” El científico estaba desconcertado. Buscó entonces una explicación razonable para este “saber” del santo. Si todo el universo es un sueño que nunca existió antes ni existirá, ¿cuál es la causa de esta ilusión y qué es esta ilusión?
El santo dijo: “Oh científico culto, conoces sobre el descubrimiento de los colores. La luz del sol es una mezcla de siete colores. Cuando la luz del sol cae sobre los objetos, ellos reflejan un color particular y absorben el resto. Si el color que reflejan es rojo, entonces decimos que el objeto es rojo y así sucesivamente. En realidad, todos los objetos son incoloros. El color es una ilusión creada por la luz”.
Cuando apagamos todas las luces, se produce una oscuridad total. Incluso esta hermosa habitación con todos sus maravillosos colores y sus hermosas y variadas tonalidades se convierte obra de arquitectura en blanco. De hecho, una pintura que vale millones de dólares se convierte en un lienzo en blanco cada noche. Sin embargo, la gente cree que mantiene sus colores incluso durante la oscuridad, lo cual es una ilusión. Así como los colores van y vienen con la luz, el universo también va y viene con el sueño del Ser Cósmico. Comprende esta ilusión y desilusiónate.”

En una oportunidad, el Señor se cansó de escuchar los pedidos y súplicas mundanas de sus devotos. Se dirigían a Él para pedirle ascensos o transferencias laborales, el casamiento de sus hijas mujeres, éxito para sus hijos, etc. Muy pocas veces alguien se acercaba a Él con un deseo de elevación espiritual. “Te concederé lo que me pides, para que me pidas aquello para lo que he venido”. Pero eso nunca ocurría.
Entonces, Dios decidió esconderse en las profundidades del océano. “Pero, llegarán a Ti en submarinos”, le dijo su más cercano discípulo. “Me esconderé en lo más alto del cielo, o detrás de la luna”, dijo el Señor. “Aún así, llegarán a Ti en cohetes y naves espaciales”, dijo el discípulo.
Después de meditarlo, el Señor decidió esconderse en nuestros corazones. El devoto busca al Señor por todo el mundo, en templos y en conventos, en los bosques y en las cumbres nevadas. Pero, ¿se le ocurriría buscar al Señor, que espera ser descubierto, en su propio corazón?

Hace algún tiempo, un hombre castigó a su hija de cinco años por haber malgastado un rollo de un caro papel para forrar dorado. El dinero escaseaba y se enojó incluso más cuando la niña utilizó el papel dorado para decorar una caja que pondría debajo del árbol de navidad.
Sin embargo, la mañana siguiente la pequeña niña le llevó la caja de regalo a su padre y dijo: “es para ti, papi.” El padre se sintió avergonzado por haber actuado antes exageradamente, pero su enojo surgió otra vez cuando vio que la caja estaba vacía. Le dijo entonces de manera brusca: “¿No sabes, pequeña señorita, que cuando das un regalo a alguien se supone que tiene que haber algo dentro del paquete?” La pequeña niña lo miró con lagrimas en sus ojos y dijo: “Oh, papi, no está vacía”. Arrojé adentro besos hasta que estuvo llena.” El padre estaba destrozado. Cayó sobre sus rodillas, puso sus brazos alrededor de su pequeña niña y le rogó que lo perdonara por su enojo innecesario.

El hombre era un gran devoto del Señor; pasaba horas orando por la mañana y por la tarde, iba al templo regularmente y trabajaba honradamente para tener una vida cómoda. Siempre agradecía a Dios por Su Misericordia al darle una vida buena y feliz.
Un día, cuando regresaba del trabajo, se topó con un hombre tullido que vestía harapos. Más adelante, al costado del camino, una anciana débil atendía a su esposo enfermo. Más adelante incluso, vio a un leproso junto a su familia, todos parecían famélicos.
Estas imágenes tuvieron un impacto tremendo en el devoto. De repente, se encontraba cara a cara con la miseria, la tristeza y la enfermedad. Con gran angustia, elevó su cabeza al cielo y exclamó: “¡Oh Dios! ¿Cómo puedes soportar en silencio tan lastimosa imagen? En tu Reino, ¿cómo puede esta gente vivir en la mugre y la miseria? Y sin embargo, tú eres testigo en silencio de todo esto y ¿no haces nada al respecto?”
Hubo un momento de silencio. Luego, escuchó una voz clara: “¡Buen hombre! Ya he hecho algo bueno por ellos, te he creado a ti.”

De repente un día, un santo sufí, decidió mudarse y despedirse de sus discípulos y de un viejo sirviente. Todos estaban muy tristes y quisieron darle al maestro algunos regalos que él aceptaría como recuerdo de gratitud.
El maestro aceptó recibir una sola flor de cada uno de ellos. Con su permiso, salieron en búsqueda de la flor más hermosa que pudieran conseguir.
Cada uno eligió una flor según sus preferencias de tamaño, color, fragancia y frescura; y se apresuraron a llevársela al maestro.
Sin embargo, el viejo sirviente todavía no había regresado, por lo cual los jóvenes eruditos comenzaron a burlarse de su estupidez.
Pasado un buen rato, el anciano regresó con una flor marchita en sus manos. A sabiendas, el maestro le preguntó la causa de su extraño comportamiento.
“Maestro”, dijo el sirviente, “deseaba traerle la mejor de las flores y busqué de planta en planta, de árbol en árbol, de arbusto en arbusto y vi las flores más hermosas y perfumadas. Pero en cuanto intentaba arrancar una flor, me daba cuenta que ésta estaba absorta en sus oraciones. Estaban alabando al Señor por haberlas honrado como Su instrumento para brindar amor y felicidad con sus colores, fragancias y encanto. No me atreví a arrancarlas mientras estaban orando.
Esta flor recién había terminado sus oraciones.

El joven se acercó al maestro en búsqueda de un poco de sosiego:
-Maestro, -le dijo al viejo- me siento inseguro, nada me resulta como yo quiero. Todos me dicen que soy un tonto y que no sirvo para nada. Sólo me critican, sin valorar lo que hago. ¿Me podrías ayudar?
-Ahora no me es posible muchacho –respondió el anciano-. Tengo mis propios problemas. Más bien ayúdame tú a mí a vender este anillo.
El muchacho recibió la sortija de mala gana pensando que una vez más sus necesidades pasarían a un segundo plano.
-Escucha, -dijo de nuevo el anciano- ve al mercado y ofrécelo, pero de ninguna manera lo vendas por menos de una moneda de oro.
El joven ofreció el anillo a muchas personas.
La mayoría lo desdeñaba con desprecio, unos pocos se reían y escasamente alguno llegaba a mostrar interés.
Alguien le propuso venderlo por dos monedas de plata y un candelabro de bronce, lo cual representaba menos de la mitad de lo que el maestro quería.
El muchacho llegó a la conclusión que el viejo estaba loco, y que esa gran suma que pedía únicamente podría ser el resultado de un alto valor emocional.
Dejando de lado esos razonamientos, el joven persistió haciendo lo mejor para ayudar al anciano, no obstante la tarea le parecía cada vez más difícil.
Desanimado, decidió regresar y contarle al viejo lo acontecido:
-Hice lo posible, pero aun los que parecían ser los más expertos no ofrecían una cantidad ni siquiera cercana a la que tú pides –contó el joven-.
-Tal vez tienes razón. Quizás no conozco su verdadero valor -replicó el maestro-. ¿Por qué no lo llevas donde el joyero y se lo muestras?
No lo vendas por ninguna cantidad, sólo cuéntame lo que opina.
Renegando por la terquedad del anciano, el joven llevó la alhaja al joyero.
Después de observarla detenidamente un rato, éste le dijo:
-Ésta es una verdadera joya. Dile al maestro que le doy 58 monedas de oro, en realidad puede costar hasta setenta, pero, si tiene prisa, ésa es mi oferta.
Cuando el muchacho, entusiasmado, le contó al viejo, éste tranquilamente respondió:
-“Tú eres como una joya valiosa: Si te sientes mal no es porque los demás no te valoren, sino porque tú mismo no te valoras lo suficiente”.
Cree en tu valor y en el de lo que haces. Quienes no se percatan de lo que vales lo hacen por ignorancia.
Si actúas sólo por buscar la aprobación de los demás te sentirás frustrado y vacío. Cree en ti y así encontrarás tu propia joya.

No olviden venir a la reunión; es OBLIGATORIA – fue lo que escribió la maestra en el cuaderno de mi hijo. Ah, pues, ¿Qué cree la maestra?, ¿Cree que podemos disponer del tiempo a la hora que ella diga? Si supiera qué importante era la reunión que tenía a las 8:30 a.m, de esa reunión dependía un buen negocio. Y…, Ah, tuve que cancelarla.
A las 8:00 a.m, puntualmente, llegué a la escuela de mi hijo, y ahí estábamos todos los padres. La maestra empezó puntual, agradeció nuestra presencia y empezó a hablar. No recuerdo que dijo, mi mente estaba pensando cómo resolver lo de ese negocio, probablemente podríamos comprar un televisor nuevo con el dinero que recibiríamos.
– Juan Rodriguez!… escuché a lo lejos. ¿No está el papá de Juan Rodriguez?, dijo la maestra.
-Sí, sí aquí estoy -conteste pasando a recibir la boleta de mi hijo.
Regrese a mi silla y me dispuse a verla.
-Ah, ¿Para esto vine?, ¿Qué es esto?…
La boleta estaba llena de seis y sietes, guardé las calificaciones inmediatamente, escondiéndola para que ninguna persona viera las penosas calificaciones de mi hijo.
De regreso a casa, iba en aumento mi enojo a la vez que pensaba… ¡Si le doy todo!, ¡nada le hace falta!, ¡ahora si le va a ir muy mal!

Me estacioné y salí del carro, entré a la casa, tiré la puerta y grité: ¡ven acá Juan!
Juan estaba en su recamara y corrió a abrazarme. -Papi…
-¡Que papi, ni que nada!, ¡te vas a tu cuarto!
Juan se fue llorando, su cara estaba roja y su boca temblaba.
Mi esposa no dijo nada, solo movía la cabeza negativamente y se fue.
Cuando me fui a acostar ya mas tranquilo, mi esposa me entregó otra vez la libreta de calificaciones de Juan, que estaba dentro de mi saco y me dijo: “léela despacio y con atención”.

BOLETA DE CALIFICACIONES PARA EL PAPÁ:

TIEMPO QUE LE DEDICA A SU HIJO Y CALIFICACIÒN:
1. En conversar con él a la hora de dormir 6
2. En jugar con él 6
3. En ayudarlo a hacer la tarea 7
4. En salir de paseo en familia 6
5. En contarle un cuento antes de dormir 6
6. En abrazarlo y besarlo 6
7. En ver la televisión con él 7

¡Él me había puesto seis y sietes, a mí!
Yo me hubiese calificado con mucho menos de cinco…
Me levanté y corrí a la habitación de mi hijo, lo abracé y lloré…arrepentido.
Quería regresar el tiempo, pero era imposible…
Juanito abrió sus ojos, aún estaban hinchados por sus lágrimas, me sonrió, me abrazó y me dijo: ¡te quiero papi! Cerró sus ojos y se durmió.
¡Que duro es ver nuestros errores como padres desde esta perspectiva!
Démosle el VALOR a lo que realmente es de valor para nosotros:
¡Nuestra familia!

Qué gran decepción tenía el joven de esta historia:
Su amargura absoluta era por la forma tan inhumana en que se comportaban todas las personas; al parecer, ya a nadie le importaba nadie.
Un día, dando un paseo por el monte, vio sorprendido que una pequeña liebre, le llevaba comida a un enorme tigre malherido, el cual no podía valerse por sí mismo.
Le impresionó tanto al ver este hecho, que regresó al siguiente día para ver si el comportamiento de la liebre era casual o habitual.
Con enorme sorpresa pudo comprobar que la escena se repetía: la liebre dejaba un buen trozo de carne cerca del tigre.
Pasaron los días y la escena se repitió de un modo idéntico, hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar la comida por su propia cuenta.
Admirado por la solidaridad y cooperación entre los animales, se dijo: “no todo está perdido”.
Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo haremos las personas”.
Y decidió hacer la experiencia:
Se tiró al suelo, simulando que estaba herido, y se puso a esperar que pasara alguien y le ayudara. Pasaron las horas, llegó la noche y nadie se acercó en su ayuda.
Estuvo así durante todo el otro día, y ya se iba a levantar, mucho más decepcionado que cuando comenzamos a leer esta historia, con la convicción de que la humanidad no tenía el menor remedio, sintió dentro de sí todo la desesperanza del hambriento, la soledad del enfermo, la tristeza del abandonado, su corazón estaba devastado; si casi no sentía deseo de levantarse.
Entonces allí, en ese instante, lo oyó… ¡Con qué claridad, qué hermoso!, una hermosa voz, muy dentro de él le dijo: “si quieres encontrar a tus semejantes, si quieres sentir que todo ha valido la pena, si quieres seguir creyendo en la humanidad, para encontrar a tus semejantes como hermanos, deja de hacer de tigre y simplemente sé la liebre”.

En una ocasión, un profesor de la Universidad John Hopkins de Estados Unidos encontró un estudio de investigación que había sido escrito hacía veinticinco años. Era un estudio sobre la formación de 220 estudiantes negros de los barrios bajos de Nueva York.
En conclusión, el estudio había pronosticado que el 90% de ellos terminaría en prisión en algún momento de sus vidas.
Al darse cuenta del potencial de seguimiento del estudio, el profesor envió a un grupo de sus estudiantes a recolectar información sobre la situación actual de esos 220 estudiantes. De todos ellos, pudieron ubicar a 198.
Para su sorpresa, las averiguaciones revelaron que sólo cuatro estudiantes habían estado en prisión. Esta conclusión distaba tanto de la original, que quiso seguir investigando. Descubrió que una maestra en particular les había dado clase al 75% de todos ellos. Entonces, intentó ubicar a la docente y logró averiguar donde vivía. Esta señora, ya muy mayor, vivía en un hogar de ancianos, prácticamente abandonada. Le hicieron una sola pregunta: “¿Qué método especial utilizó?, ¿qué plan de estudios diseñó para esos 198 estudiantes?”
Ya se había olvidado de aquellos estudiantes, de hecho, ya se había olvidado de casi todo su pasado. Simplemente dijo: “no sé. Bueno, les dí amor…”

Había una vez, una persona buena que ‘amaba’ a Dios. Todas las mañanas se levantaba temprano y oraba por lo menos media hora antes de comenzar con sus actividades cotidianas. Dios se sentía complacido con esta rutina, pero al Diablo le molestaba mucho y por eso le ofrecía todo tipo de tentaciones. Sin embargo, el hombre jamás olvidaba su cronograma de oraciones matinales.
Finalmente, el Diablo ideó un plan. A la mañana siguiente, el hombre se quedó dormido. Al despertarse y descubrir que era tan tarde, salió corriendo al trabajo. El Diablo había logrado su cometido.
No obstante, durante todo el día, el hombre se sintió desdichado por haberse olvidado sus oraciones diarias al Señor, lloró y le rogó a Dios que lo perdonara. No hubo un solo instante en el día en el que no pensara en su olvido. Cada vez que se acordaba, oraba y le suplicaba compasión, perdón y que el Señor le concediera Su Gracia.
¡Nunca estuvo el Señor más contento! Se sentía muy feliz por la simpleza y la humildad del hombre. Mientras tanto, el Diablo observaba la situación. Comprendió entonces que al hacer que el hombre se olvidara de Dios por media hora en la mañana, había contribuido a que el hombre orara ¡durante todo el día!

Había dos semillas, una al lado de la otra en el suelo. Una dijo: “Quiero crecer, quiero ser un árbol joven”. La otra agregó: “Yo no quiero cambiar, no quiero perder mi identidad”.
La primera continuó: “Crecer es vivir. El estancamiento es la muerte; y si me transformo en un árbol joven, seguiré siendo “yo misma”. La segunda semilla negó ese argumento: “¿En dónde estaré si hay una planta en mi lugar? Además me asustan mis raíces, enterradas en las profundidades oscuras y también el tallo sobre el suelo, expuesto al mundo. Esperaré aquí”.
¿Cómo termina la historia? ¿Qué harías tú? Dicen que la primera semilla se transformó en árbol; y que a la semilla que estaba esperando vino una gallina y, sin demora, se la comió.

Una vaca y un búfalo eran grandes amigos. Estaban siempre juntos e incluso pastoreaban juntos. La vaca era toda blanca, salvo por una mancha negra en la cola. El búfalo era completamente negro.
Un día, mirando a la vaca, dijo un tanto dubitativo: “querida hermana, quiero decirte algo y espero que no te moleste”. Sorprendida, la vaca dijo: “pero no tienes por qué dudar, hermano, nada de lo que me digas podría molestarme”.
El búfalo continuó: “Eres toda blanca pero esa mancha negra en tu cola es una lástima, arruina tu belleza”. La vaca se quedó en silencio y no reaccionó.
El búfalo le volvió a repetir los dichos varias veces durante los días siguientes. La vaca ya no podía aguantar más y le respondió: “Querido hermano, siempre te detienes a mirar esa pequeña mancha de mi cola; ¿te has dado cuenta que tú eres todo negro?”

Era un día caluroso, después de mendigar de puerta en puerta, el hombre pobre descansaba bajo un árbol. Hoy, había recibido solo un puñado de granos y maldecía a suerte.
De repente, vio un carruaje dorado que descendía de las nubes. No podía creer lo que veían sus ojos. El carruaje se dirigió hacia donde estaba él y se detuvo en el camino; de él descendió el Rey de Reyes.
El mendigo se alegró. Era la oportunidad de su vida. Le pediría al Rey todo lo que siempre había necesitado. Nunca más tendría que salir a mendigar de puerta en puerta. Sus días de miseria habían terminado, pensó.
Cuando el Rey estaba dirigiéndose hacia donde estaba él, se preparó para tender su ropa a sus pies. ¡Quién lo iba a decir! El Rey se detuvo enfrente de él, lo miró directamente y ¡extendió Sus Manos pidiendo limosnas! Esto resultó demasiado perturbador. ¿Cómo podía el Rey pedirle a él? ¿Qué podía dar él al Rey de Reyes?
De manera compulsiva, introdujo la mano en su bolsa y sacó solo dos o tres granos que colocó vacilante en las manos del Rey. El Rey cerró la mano, se dio vuelta, regresó a su carruaje y se dirigió a toda velocidad hacia las nubes, de la misma manera en la que había llegado. Todo sucedió muy rápidamente y el pobre hombre se sentía muy triste de ver que su única oportunidad en la vida había sido desaprovechada.
Deprimido, regresó a su choza y sacó un puñado de granos para cocinar. ¡Se asombró al ver que entre ellos había dos o tres granos de oro puro! Gritó y maldijo su suerte. En vano, ¡deseó haber tenido el corazón para ofrecerle todos los granos al Rey!

-Adaptado de Geetanjali de Rabindranath Tagore

Al salir de su casa, una mujer vio a tres ancianos de largas barbas sentados en su zaguán. Como no los reconoció les dijo: “creo que no los conozco, pero deben de tener hambre; los invito a pasar para comer algo”.
“Nunca entramos a una Casa los tres juntos”, dijeron. “¿Y a qué se debe esto?”, preguntó la mujer.
Uno de los hombres le explicó: “él se llama Riqueza”, señalando a uno de sus amigos, “y aquel se llama Éxito”, señalando al otro señor; “yo soy Amor”, agregó. “Ahora, entre a su casa y pregúntele a su esposo a cuál de los tres quiere invitar”.
La mujer, entró y le contó lo sucedido a su esposo, quien se mostró encantado con la situación. “Qué interesante”, dijo. “De ser así, que entre Riqueza y colme nuestra casa de riquezas”. Su esposa no estuvo de acuerdo. “Querido, ¿por qué no invitamos a Éxito?
Su nuera, que estaba escuchando, les hizo una sugerencia: “¿No sería mejor invitar a Amor? ¡Nuestra casa estaría llena de amor!”.
“Sigamos el consejo de nuestra nuera” le dijo el hombre a su mujer. “Ve y dile a Amor que sea nuestro invitado”.
La mujer salió y preguntó: “¿Cuál de ustedes es Amor?, lo invito a pasar y ser nuestro invitado”. Amor se incorporó y comenzó a caminar hacia la casa; los otros dos ancianos también se incorporaron y lo siguieron. Sorprendida, la mujer le preguntó a Riqueza y a Éxito: “¿Por qué vienen ustedes también, yo sólo invité a Amor?”.

Los ancianos respondieron simultáneamente: “Si hubiera invitado a Riqueza o a Éxito los otros dos nos hubiéramos quedado afuera; pero usted invitó a Amor, y a donde él va, nosotros también vamos. ¡Dondequiera que haya Amor, también habrá Riqueza y Éxito!

Una vez, un hombre joven encontró en la playa una botella cerrada que el mar había arrastrado hasta la orilla.
Por curiosidad, le sacó el corcho y de su interior salió un genio. Éste se paró obediente y dijo: “¡Amo! Soy tu esclavo. Te daré lo que necesites, pero solo con una condición: debes mantenerme ocupado o, de lo contrario, te comeré.”
Al principio, el hombre estaba feliz. Había muchas cosas que él deseaba. Sus deseos parecían ser infinitos. Ordenó, para empezar, que le sirviera deliciosas comidas. En cuestión de segundos, la comida estaba servida. Sorprendido, le pidió un hermoso palacio en donde vivir, completamente amueblado, con la esperanza de poder comer la comida mientras tanto. Pero entonces, en un abrir y cerrar de ojos, el palacio estaba listo, en una hermoso lugar, con sirvientes para atender sus necesidades y armarios llenos de ropas caras. El genio se paró con los brazos cruzados y le preguntó: “¿Qué sigue, mi Amo?”
El hombre sabía que estaba en grandes problemas; y que, de alguna manera, debía darle al genio alguna tarea o, de lo contrario, ¡se lo comería!
Entonces, se le ocurrió una idea. Le pidió al genio que levantara un palo alto y le ordenó que trepara hasta la punta y que bajara. El genio lo hizo en una fracción de segundo. “Ahora,” dijo el hombre con un poco de alivio, “continua haciéndolo hasta que te ordene hacer algo más.”
“Controla la mente, de lo contrario, ella te controlará a ti.”

Un día Buda se encontraba solo, y al poco rato unos hombres lo rodearon.
Uno de ellos, a quien no le gustaban sus enseñanzas ni el efecto que tenían en la gente, se acercó y comenzó a hablar contra él en términos vulgares.
Buda seguía sentado sonriendo al escuchar esa serie de calumnias, sin mostrar señal alguna de desaprobación.
El hombre se puso tan furioso que hasta echaba espuma por la boca; su vocabulario pronto se fue agotando, su lengua comenzó a mostrar signos de fatiga, pero Buda, con una sonrisa, sólo le preguntó: “Hermano, ¿has terminado?”
El hombre dijo: “Tú no tienes sentido de la vergüenza: ni siquiera reaccionas con mis insultos. Tienes una piel muy gruesa, eres un tronco”.
Buda le preguntó: “Si una persona no acepta un regalo, ¿qué pasa con el regalo?” El hombre contestó: “Pues se queda con el que lo da”.
Bueno -dijo El Buda-, “conserva estos regalos de palabras abusivas para ti, Hermano, Yo no los acepto ni respondo”.

Era una tarde húmeda y lluviosa. Una niña de siete años se sentó junto a la ventana a observar el cielo nublado y oscuro; la decepción era evidente en su rostro, la lluvia le impedía poder jugar afuera.
Su hermano mayor, al verla triste, pensó que era una buena ocasión para tomarle el pelo y le dijo: “¿Por qué no le rezas una oración a Dios? Él hará que deje de llover”.
La niña no respondió y el hermano la provocó aún más: “siempre dices que Dios escucha, ¿por qué no le rezas una oración a Él?”
Con calma, la niña le respondió: “Sí, Dios siempre escucha nuestras oraciones”.
“¡Ajá!” dijo el hermano, aprovechando la oportunidad, “tu Dios no atendió a tus oraciones, o acaso ¿no las escuchó?”
La fe de la niña de siete años era inquebrantable, entonces le respondió: “Dios escuchó mi oración pero Él dice que hay otros que tienen más necesidad de que llueva que yo. Yo puedo esperar”.

Charles Plumb, era piloto de un bombardero en la guerra de Vietnam.
Después de muchas misiones de combate, su avión fue derribado por un misil.
Plumb se lanzó en paracaídas, fue capturado y pasó seis años en una prisión norvietnamita. A su regreso a Estados Unidos, daba conferencias relatando su odisea y lo que aprendió en la prisión.
Un día estaba en un restaurante y un hombre lo saludó:
Le dijo: “Hola, ¿usted es Charles Plumb, era piloto en Vietnam y lo derribaron, verdad?”
“Y usted, ¿cómo sabe eso?”, le preguntó Plumb.
“Porque yo empacaba su paracaídas. Parece que le funcionó bien, ¿verdad?”
Plumb casi se ahogó de sorpresa y con mucha gratitud le respondió.
“¡Claro que funcionó! Si no hubiera funcionado, hoy yo no estaría aquí.”
Estando solo Plumb no pudo dormir esa noche, meditando:
¿“Se preguntaba cuántas veces vi en el portaviones a ese hombre y nunca le dije buenos días, yo era un arrogante piloto y él era un humilde marinero?”
Pensó también en las horas que ese marinero pasó en las entrañas del barco enrollando los hilos de seda de cada paracaídas, teniendo en sus manos la vida de alguien que no conocía.
Eso cambió profundamente a Plumb quien comienza ahora sus conferencias preguntándole a su audiencia:
¿”Quién empacó hoy tu paracaídas?”.
Todos tenemos a alguien cuyo trabajo es importante para que nosotros podamos salir adelante. Uno necesita muchos paracaídas en el día: uno físico, uno emocional, uno mental y hasta uno espiritual.
A veces, en los desafíos que la vida nos lanza a diario, perdemos de vista lo que es verdaderamente importante y las personas que nos salvan en el momento oportuno sin que se lo pidamos.
Dejamos de saludar, de dar las gracias, de felicitar a alguien o aunque sea, decir algo amable sólo porque sí.
Hoy, esta semana, este año, cada día, trata de darte cuenta quién empaca tu paracaídas, y agradécelo.

Una vez, un hombre rico se presentó ante un maestro. Parecía preocupado y triste, a pesar de su fama y fortuna. Con un gran sentimiento de angustia, le suplicó al maestro diciendo: “maestro yo quiero paz. Por favor dame paz. Yo quiero paz.”
El maestro lo miró por un momento y dijo: “Reflexiona sobre esas tres palabras, yo quiero paz. La respuesta a tus plegarias se haya escondida en esas tres palabras. Sácale el sentimiento “yo”, la causa principal de este sentimiento “yo” es el ego. El “yo” persistirá mientras permanezcamos en nuestros cuerpos, pero intenta minimizar su dominio sobre el pensamiento, la palabra y la acción. Quiero. Querer poseer, adquirir y poseer no tiene límites. Cuanto más posees, más deseas. Reduce y elimina tus deseos de posesión. Ahora, cuando el “yo” y el “quiero” se eliminan, lo que queda es “Paz”.

En 1942, durante el movimiento de independencia de la India, un guerrillero que había permanecido en la clandestinidad fue atrapado y encarcelado. Mientras su familia sufría en el exterior, el era torturado dentro de la cárcel. Fue uno de los últimos en ser liberado por los británicos. Arruinaron su vida entera y los recuerdos amargos produjeron un fuerte impacto en él.
La independencia llegó y la India estableció buenas relaciones con los británicos. Gandhi declaró que él no guardaba rencor por los errores e injusticias que habían cometido en el pasado. Nuestro guerrillero nunca pudo reconciliarse con ellos y le molestaba esta actitud.
Un día, le preguntó a Gandhi con gran angustia: “Bapu, fui torturado en la cárcel. Los británicos destrozaron mi familia. ¿Cómo puedo olvidar esto? ¿Cómo puedo perdonarlos?”
Ghandi dijo con tranquilidad: “¡Si aún sientes tanto odio por ellos, entonces todavía te tienen encarcelado!”

Había una vez un árabe que viajaba en la noche; a la hora del descanso, sus esclavos se encontraron que no tenían más que 19 estacas para atar a sus 20 camellos. Cuando lo consultaron al amo, éste les dijo:
Simulad que claváis una estaca cuando lleguéis al camello número 20, pues como el camello es un animal tan estúpido, se creerá que está atado.
Efectivamente, así lo hicieron, y a la mañana siguiente todos los camellos estaban en su sitio cargados, los desataron para marcharse y estos se pusieron en movimiento, menos el camello número 20 que seguía quieto, sin moverse.
Al consultar al amo por el problema del camello que no se movía, el amo preguntó: ¿el camello que no se quiere mover es el que anoche no tenía estaca y simularon atarlo?
Sí, contestaron.
Y, ¿no lo habeís desatado?
Pero amo, nunca lo atamos, no había estaca…….
Él sí piensa que está atado. ¡Desátenlo!
Fueron ante el camello, hicieron la mímica de desatarlo, el camello entonces se levantó y se puso a caminar con los demás.

La realidad nunca es perturbadora, la perturbación es producto de nuestra programación.

Una mujer estaba agonizando en la sala de un hospital. De pronto, tuvo la sensación de que era llevada al cielo y presentada ante un Tribunal.
“¿Quién eres?”, dijo una Voz.
“Soy la mujer del alcalde”, respondió ella.
“Te he preguntado quién eres, no con quién estás casada.”
“Soy la madre de cuatro hijos.”
“Te he preguntado quien eres, no cuántos hijos tienes.”
“Soy una maestra.”
“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu profesión.”
Y así sucesivamente. Respondiera lo que respondiera, no parecía poder dar una respuesta satisfactoria a la pregunta “¿Quién eres?”
“Soy cristiana”, respondió ella.
“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu religión.”
“Soy una persona que iba todos los días a la iglesia y ayudaba a los pobres y necesitados.”
“Te he preguntado quién eres, no lo que hacías.”
Evidentemente, no consiguió pasar el examen, y fue enviada de nuevo a la tierra. Cuando se recuperó de su enfermedad, tomó la determinación de averiguar quién realmente era y su vida cobró otro sentido…

Anthony de Mello

Había un hombre joven que vivía con su madre en un pequeño pueblo. Era tan perezoso que no trabajaba ni ayudaba a su madre en la casa. Su madre tenía que trabajar duro para ganarse la vida.
Pasó el tiempo y su madre murió. El joven se dio cuenta entonces que nadie quería mantenerlo y que se moriría de hambre. Pasó hambre unos días. Finalmente, partió en busca de comida y refugio.
Mientras cruzaba un bosque, vio un zorro cojo. A pesar de su discapacidad, el zorro parecía fuerte como un roble. Se preguntó entonces cómo cuidaba el zorro de sí mismo.
En ese mismo momento, vio un tigre que salía del bosque con una presa en la boca. El hombre se escondió temeroso. El tigre se sentó, comió sin prisa y se fue dejando lo que quedaba de su presa. El zorro cojo se arrastró con gran dificultad y tuvo una abundante comida de las sobras.
Al observar esto, el hombre partió confiado de que a él también le proveerían. Si esperaba con paciencia, alguien seguramente vendría y le proporcionaría comida. Esperó dos días pero no pudo soportar más el hambre. Rogó a Dios con profunda angustia. “¡Oh Dios! Si ese zorro cojo pudo obtener comida del tigre, ¿por qué tú no puedes ayudarme del mismo modo? Por favor, ayúdame. Estoy muriendo de hambre.”
Hubo un rayo y un trueno y una voz dijo: “No has sido concebido para ser un zorro cojo. ¡Deberías ser un tigre!”

En uno de sus peregrinaciones por los pueblos, Vinobha Bhave, el más grande de los discípulos de Gandhi, llegó a un lugar donde los peregrinos debían hacer un alto para pasar la noche.
Vinobha observó que el pueblo estaba todo sucio y hediondo; a nadie le importaba la higiene o la limpieza. Antes de retirarse a dormir, Vinobha le pidió a todos los que se habían reunido que barrieran los senderos y limpiaran los basurales a primera hora de la mañana.
La mañana siguiente, Vinobha vio que nadie había cumplido con su pedido. Sin esperar nada del resto, tomó una escoba que encontró y comenzó a barrer los senderos.
Por un momento hubo suspenso y bochorno. De repente, todos se le unieron y comenzaron a limpiar los desagües y a juntar la basura de los senderos.

“Primero sé, luego actúa y por último habla.”

Para muchas culturas orientales, plantar árboles es una tarea sagrada. Un anciano japonés estaba, una vez, plantando un árbol joven en su jardín cuando un extranjero que pasaba se detuvo y observó la ceremonia con mucho interés.
Cuando el anciano notó la presencia del extranjero, naturalmente le preguntó qué era lo que había llamado su atención, qué le había interesado. El extranjero respondió: “Esta especie en particular dará frutos en cincuenta años. ¿Me preguntaba si espera comer de sus frutos?”
El anciano se puso de pie lentamente y se enderezó. Le señaló al extranjero un árbol alto, maduro que se encontraba a poca distancia y dijo: “Mi abuelo plantó ese árbol. He comido de sus frutos durante los últimos años. Los frutos de este árbol joven, confío, le darán la misma felicidad a mis nietos.”

“Si haces planes para un año, siembra una semilla; si haces planes para una década, planta un árbol; si haces planes para toda una vida, desarrolla la juventud.”- viejo refrán chino.

El banco del parque estaba vacío cuando me senté a leer debajo de las ramas de un viejo sauce llorón, desilusionado de la vida y con buenas razones para fruncir el ceño ya que el mundo se había empeñado en agobiarme.
Y como para arruinar mi raro día tranquilo, un joven muchacho, cansado de jugar, se acercó. Se paró justo enfrente de mí con su cabeza inclinada hacia delante y dijo con gran emoción: “¡mira lo que encontré!”.
En su mano, tenía una flor que daba pena mirar, con sus pétalos marchitos por falta de lluvia o luz. “Seguro que huele bien y es hermosa también. Por eso la elegí; es para ti.”
Sabía que la debía agarrar o nunca se iría. Entonces extendí mi mano y dije: “Justo lo que necesito.”
Pero en vez de colocar la flor en mi mano, la sostuvo a medio camino, sin razón alguna. Fue entonces que me di cuenta, por primera vez, que el muchacho que sostenía esa pequeña maleza no podía ver, era ciego.
Escuché el temblor de mi voz y las lágrimas se asomaron como el sol mientras le agradecía por haber escogido la mejor de todas. “De nada,” sonrió y corrió a jugar, ignorando el impacto que había causado en mi día.
¿Cómo sabía él de mis dificultades auto-impuestas? Quizás, dentro de su corazón, había sido bendecido con la visión verdadera.
A través de los ojos de un niño ciego, pude ver al fin, que el problema no era el mundo, sino yo. Acerqué esa flor marchita a mi nariz y respiré la fragancia de una bella rosa y sonreí por el niño que, con otra maleza en la mano, se iba a cambiar la vida de un anciano desprevenido.
-Autor desconocido.

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